Ya nadie quiere pagar la prima del dólar

Por: Jairo Andrés Rendón, profesor asociado del Departamento de administración de empresas, Pontificia Universidad Javeriana

Durante décadas, la hegemonía de Estados Unidos se ha cimentado no solo en su poder económico, sino también en su capacidad para cooperar y sostener alianzas estratégicas con sus socios. El dólar, como la moneda más poderosa del mundo, ha sido una de sus herramientas más eficaces: utilizado para el comercio internacional, la fijación de precios de materias primas, el acceso a mercados de crédito y como vehículo para las reservas internacionales.

Esa posición privilegiada ha implicado una alta demanda global por activos denominados en dólares, particularmente por los bonos del Tesoro estadounidense. Esta demanda genera lo que los economistas llaman un “convenienceyield”: los inversionistas internacionales aceptan menores retornos monetarios por el beneficio no financiero de tener activos americanos que son seguros, líquidos y ampliamente aceptados como colateral. En otras palabras, el mundo ha estado dispuesto a pagar una prima por el acceso al dólar y sus instrumentos financieros.

A pesar de que otros activos podrían ofrecer mayores retornos financieros, cambiar de moneda no es tan sencillo. Muchos bancos centrales priorizan la estabilidad y la estrategia por encima de la rentabilidad pura. En Colombia, por ejemplo, más del 85% de las reservas internacionales están en dólares. Además, países como Ecuador o Panamá han ido más allá y han adoptado el dólar como moneda local o lo han vinculado estrechamente a su política monetaria. Salirse de esta red dolarizada no es tan fácil.

No obstante, este equilibrio empieza a mostrar señales de tensión. Esa confianza global en el dólar también tiene un costo interno para Estados Unidos: una moneda fuerte encarece sus exportaciones y limita su competitividad. Donald Trump ha criticado abiertamente esta forma de hegemonía, enfocándose en los costos que conlleva, pero sin valorar del todo sus beneficios estratégicos. Su visión de “America First” ha traído un giro abrupto hacia el aislamiento, el repliegue de la cooperación internacional y la imposición unilateral de condiciones, como se evidenció con la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud o las exigencias recientes a Ucrania sobre minerales críticos a cambio de apoyo.

El resultado es una redefinición profunda de las relaciones internacionales: menos colaboración, más imposición. En apenas unas semanas, se ha desdibujado el liderazgo cooperativo que caracterizó a Estados Unidos por décadas. El impacto no se limita al comercio: está socavando la confianza en el dólar como moneda refugio. Hoy, cuando los precios de las acciones caen y la incertidumbre se incremente, los inversionistas no están corriendo hacia los bonos del Tesoro como en otras crisis. De hecho, el dólar ha perdido valor, lo que sugiere una disminución en su conveniencia relativa.

Las señales de alerta incluso crecen. Trump ha insinuado incluso un posible retiro del Fondo Monetario Internacional, donde el dólar representa el 43% de los Derechos Especiales de Giro (DEG), la reserva multilateral del FMI. De concretarse esta salida, la demanda por dólares como activo de reserva global caería aún más, debilitando aún más su hegemonía.

Frente a este nuevo escenario, Colombia ha optado por no confrontar directamente los aranceles de Estados Unidos, una decisión prudente dadas nuestras limitadas capacidades de negociación. Pero esto no significa que debamos quedarnos inmóviles. Si Estados Unidos está dejando vacíos de liderazgo, otros países los ocuparán. Colombia debe prepararse para esta transición geoeconómica. Un paso clave será repensar la composición de nuestras reservas internacionales, anticipándonos a un posible reordenamiento del sistema monetario global.