¿Cuánto cuesta un mundial?

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Por Germán Buenaventura, docente de la Escuela de Contabilidad y Finanzas Globales de la Universidad Politécnico Grancolombiano

Estamos ante una nueva versión del Mundial de Fútbol organizado por la FIFA. Y, de cara a 2026, en las 16 sedes se esperan cerca de 6 millones de espectadores. Sin embargo, a medida que crece la efervescencia, poco se mide el impacto real de ser anfitrión de este evento, así como los costos y beneficios que implica en términos de inversión en infraestructura, seguridad, vías, entre otros.

¿Cuál es el costo histórico de realizar este evento? Según cifras de Bankinter, para 2026 el costo en euros de acoger este certamen (desde Sudáfrica 2010 hasta el último celebrado en Qatar 2022) ha aumentado de manera significativa.

La inversión se concentra principalmente en infraestructura y movilidad, en especial en la construcción o adecuación de estadios, vías de acceso y procesos de modernización urbana. A ello se suman la hotelería y el alojamiento necesarios para cubrir la demanda turística; la adecuación de redes tecnológicas que permitan a los medios de comunicación la correcta difusión de la información, incluyendo centros de prensa acordes con los requerimientos de la FIFA; espacios de entretenimiento, como los denominados fan fest; y, por último, pero no menos importante, la inversión en seguridad que garantice el desplazamiento tranquilo de residentes y visitantes en eventos y zonas turísticas.

Para esta edición, se estima que la inversión asciende a cerca de 13.000 millones de euros y se proyecta (según cifras de Sport Value) un impacto de 10.900 millones de dólares, equivalentes aproximadamente a 16.000 millones de euros.

También es necesario preguntarse cómo se financian estos sectores para cumplir con las exigencias del evento. El modelo FIFA establece que la inversión por parte de este organismo cubre solo una fracción del total. De acuerdo con datos consultados por panamericanworld.com, el monto asciende a 3.800 millones de dólares por concepto de organización y competición.

Canadá, uno de los organizadores y con tres sedes asignadas, ha realizado un desembolso inicial bruto que oscila entre 523 y 624 millones de dólares canadienses. Parte de esta inversión será recuperada mediante impuestos al alojamiento turístico, gravamen que “se extenderá por lo menos por seis años”, mientras que el resto se financia a través del presupuesto público.

En el caso mexicano, se anunció un aporte federal para las tres sedes designadas, con un gasto estimado entre 1.500 y 2.000 millones de pesos mexicanos. Parte de esa inversión se complementa con la “ley de ingresos 2026”, que exime del pago de impuestos, durante el último trimestre fiscal, al capital privado que contribuya directamente al desarrollo del evento.

Por su parte, Estados Unidos, tercer organizador, financia el evento mediante dos vías: al tratarse de un país federal con múltiples sedes en distintos estados, una parte de la inversión proviene de los gobiernos estatales anfitriones y otra corresponde al gobierno federal, que podría aportar hasta 630 millones de dólares.

Los grandes eventos, en especial los Juegos Olímpicos y los mundiales de fútbol, suelen reflejar un dinamismo en sectores como el comercio, la gastronomía, la hotelería, el turismo y la infraestructura, además de generar empleo directo e indirecto para atender la demanda en logística, restaurantes, hoteles y servicios asociados.

Sin embargo, esa dinámica no siempre compensa la inversión realizada. Según Natixis Corporate & InvestmentBanking, los organizadores podrían experimentar aumentos marginales en el PIB: para México, entre un 0,1% y un 0,13% como máximo; para Estados Unidos, un crecimiento cercano al 0,05%; y para Canadá, alrededor del 0,07%.

Ahora bien, este tipo de eventos no altera de forma significativa las proyecciones de crecimiento económico de los países. En el caso de Estados Unidos y Canadá, con prácticas fiscales sólidas, el gasto asociado al Mundial no compromete de manera relevante sus finanzas. En contraste, México, pese a organizar su tercer mundial, muestra de forma más aislada los beneficios macroeconómicos de corto plazo derivados de esta inversión.

Para la FIFA y Open Economics, el impacto económico de organizar un Mundial se compone de tres variables. La primera corresponde a los efectos directos, asociados al desempeño de los sectores económicos durante el desarrollo del torneo. La segunda abarca los efectos indirectos, que incluyen todos los sectores tangibles e intangibles que respaldan el funcionamiento del evento. La tercera comprende las secuelas o efectos negativos, especialmente en el ámbito ambiental, que pueden afectar a los países anfitriones.

En términos reales, surge una pregunta clave: ¿quiénes son los verdaderos beneficiados: la ciudadanía, las economías locales o las grandes corporaciones internacionales?

La FIFA establece tres categorías para la distribución de utilidades. La primera corresponde a los socios y patrocinadores oficiales, con visibilidad directa en partidos, ruedas de prensa y publicidad en las transmisiones. La segunda incluye a los patrocinadores específicos que apoyan logísticamente el evento, como aerolíneas, entidades financieras y cadenas de restaurantes. Finalmente, están las promotoras que respaldan la Copa del Mundo de manera puntual.

¿Cómo determinar si es viable organizar un Mundial? En 1986, Colombia fue seleccionada como sede, pero el gobierno de la época renunció a este derecho, argumentando que los recursos requeridos debían destinarse a sectores como educación, infraestructura y calidad de vida.

No es posible establecer con certeza si, de haberse realizado, el país aún estaría pagando esa deuda o si habríaexperimentado un crecimiento económico significativo. Lo que sí es probable es que se hubiera generado un impulso en infraestructura vial, capacidad hotelera y posicionamiento internacional, en un contexto previo a uno de los periodos más complejos en materia de seguridad.

Hoy, sin embargo, resulta difícil que un solo país asuma un evento de esta magnitud. En ese contexto, y dadas su capacidad de endeudamiento e infraestructura, Estados Unidos parece ser el país que menor inversión relativa ha realizado entre los tres anfitriones, y, al contar con más ciudades sede, podría obtener mayores beneficios en el corto plazo.

En el caso de México, será necesario esperar entre uno y dos años después del Mundial para evaluar los efectos macroeconómicos de la inversión. Para Canadá, en cambio, el impacto estaría más asociado al posicionamiento de su marca país, en línea con su modelo económico y disciplina fiscal.

En consecuencia, aunque la emoción de albergar este tipo de eventos conlleva beneficios culturales y cierto dinamismo local, en muchos casos no compensa la inversión realizada. El ejemplo es Qatar, donde el impacto macroeconómico fue limitado debido a su economía petrolera, pero para países emergentes resulta fundamental analizar de forma rigurosa el costo-beneficio de las exigencias e inversiones que impone la FIFA.