Hay dolores que se escriben con lágrimas y otros que, por comodidad social, se dejan sin nombre. La depresión suele quedar en esa zona gris: se disfraza de “cansancio”, se normaliza como “estrés” y se patea hacia adelante hasta que el cuerpo, la familia o el trabajo cobran la factura. En Colombia, esa factura no es simbólica: es económica y es gigantesca.
Un informe divulgado en julio de 2024 desarrollado por el Consejo Colombiano de Seguridad (CCS), basándose en el análisis de datos del SISPRO (Sistema Integrado de Información de la Protección Social) del Ministerio de Salud y del Instituto Nacional de Medicina Legal. —con base en datos oficiales analizados para el periodo 2013–2022— estimó que los costos asociados a trastornos mentales y a lesiones autoinfligidas (incluido el impacto económico de muertes por estas causas) superaron los US$ 56,5 mil millones en la última década. En otras palabras, el país habría soportado un impacto promedio de US$ 5,65 mil millones por año, que en pesos colombianos representa aproximadamente $20,9 billones anuales (con una tasa de cambio de referencia de $3.700,05 COP por dólar).
Esa cifra —más propia de un debate macroeconómico que de una conversación cotidiana— obliga a cambiar el marco: la salud mental no puede tratarse como un asunto “blando” o secundario. Es un indicador duro de productividad, competitividad y sostenibilidad del tejido empresarial. Cuando la depresión no se detecta a tiempo, no solo se deteriora la vida de las personas, sino que se erosiona la capacidad de las organizaciones para sostener desempeño, retener talento y planificar con estabilidad.
A escala global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la depresión y la ansiedad ocasionan la pérdida de 12.000 millones de días laborales al año, con un costo aproximado de US$ 1 billón anual en productividad perdida. Y la evidencia económica es igual de clara en el sentido contrario: la OMS concluye que cada US$ 1 invertido en ampliar el tratamiento de depresión y ansiedad retorna
US$ 4 en mejor salud y capacidad de trabajo.
En Colombia, el llamado es urgente. La Defensoría del Pueblo alertó recientemente que 2,5 millones de personas padecerían depresión y que solo 2 de cada 10 estarían recibiendo atención adecuada. Esa brecha no es únicamente sanitaria: también es una brecha de eficiencia económica y de competitividad.
“El mayor riesgo de la depresión es el silencio. Cuando los síntomas se minimizan o se normalizan, la persona se queda sola con su carga emocional. Reconocer que algo no está bien y pedir ayuda a tiempo es una decisión de cuidado, no de debilidad”, señala la doctora Jenny Cabrejo, neuropsicóloga y especialista en salud mental de Coomeva Medicina Prepagada.
Coomeva Medicina Prepagada reitera su invitación a hablar del tema sin estigmas y a promover la atención oportuna como parte esencial del bienestar integral. La prevención y el acceso temprano a rutas de atención —psicológica y, cuando se requiera, psiquiátrica— no deben presentarse como “gasto”: son una inversión que protege a las personas y, al mismo tiempo, fortalece la productividad y la sostenibilidad de las organizaciones.
En el marco del Mes Mundial de la Depresión, Coomeva Medicina Prepagada hace un llamado a empresas, líderes y familias: si el país quiere reducir pérdidas, primero debe dejar de perderse a sí mismo en el silencio. Hablar, detectar y atender a tiempo no es solo una decisión humana; es una decisión inteligente para la economía.


